"Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre"
Son ya las once y mis hermanos están pegando gritos para que despierte ¡han llegado los reyes! Las voces hacen eco en la casa sin muebles. En el salón sólo hay tres bultitos. En el suelo veo la bici de muñeca que mi padre me regaló dos días antes. Entre sus ruedas hay un desgastado y pequeño billete. Estoy a punto de echar a llorar, cuando aparece mi madre con un paquete enorme de cartón. Sé que es de mi abuela, porque los reyes no envuelven los regalos. Hay dulces, embutidos de pueblo, ropa para mi hermana, juguetes para mi hermano y algo para mí. Una muñeca con los ojos negros achinados, toda de blanco, con el pelo azabache y muy largo. Le doy cuerda y suena una musiquilla oriental. En la carta que llega con el paquete mi abuela cuenta que me regaló esa muñeca porque le recuerda a mí.
Siempre me toca mantequilla en los recreos. No sé qué creencias de mi madre sustentan ese fanatismo: Jamón York con mantequilla, salchichón con mantequilla... Veo a mis compañeros con donuts, bollicaos y phoskitos y me siento menos. Pero eso sí: tengo los mejores hermanos. Él llega del colegio de los mayores con sonrisa de golfillo y se convierte en el jefe de los niños de mi clase. Todos le siguen, corriendo palo en ristre, para pegarle a los malvados, imaginarios o reales, que llenan el barrio. Mi hermana me trae los bocadillos, y se esfuerza en quitarles la mantequilla. Mientras mis compañeros juegan a acción, verdad o beso, yo me quedo esperándoles.
"Me olvidaba decirte que tengo unas ganas de hacerte el amor que no te puedes imaginar, pero esto no se lo diré a nadie, sobre todo a ti. Deberían torturarme para obligarme a decirlo. ¿Decir qué? Que quiero hacer el amor contigo, no sólo una vez, sino cientos de veces, pero a ti no te lo diré nunca; solo si me volviera loco te diría que haría el amor contigo aquí, delante de tu casa, toda la vida".
No olvido cuando rojos y negros Corríamos delante de los grises Poniéndoles verdes. Cuando rojos y verdes Temblábamos bajo los azules (de camisa) Bordada en rojo ayer. Asco color marrón Que siempre huele a pólvora. Páginas amarillas leo hoy Para encontrar a un fontanero Que no me clave. Siempre con los colores a cuestas. Siempre con los colores en la cara Por la vergüenza de ser honesta. Siempre con los colores en danza. Azul contra rojo Negro contra marrón Como si uno fuera Dalí o Miró.
El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma. Busqué los atajos angostos, los pasos altos y difíciles... A tu alma se iba por caminos anchos. Preparé alta escala -soñaba altos muros guardándote el alma-, pero el alma tuya estaba sin guarda de tapial ni cerca. Te busqué la puerta estrecha del alma, pero no tenía, de franca que era, entrada tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿acababa, en dónde? Me quedé por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma.
Prestale tu piolín a los pebetes, que nadie remontó mejor mi barrilete.
Desde chico ya tenía en el mirar esa loca fantasía de soñar, fue mi sueño de purrete ser igual que un barrilete que elevándose entre nubes con un viento de esperanzas sube, y sube. Y crecí en ese mundo de ilusión, y escuché sólo a mi propio corazón, más la vida no es juguete y el lirismo es un billete sin valor.
Yo quise ser un barrilete buscando altura en mi ideal, tratando de explicarme que la vida es algo más que darlo todo por comida. Y he sido igual que un barrilete, al que un mal viento puso fin, no sé si me falló la fe la voluntad, o acaso fue que me faltó piolín.
En amores sólo tuve decepción, regalé por no vender mi corazón, hice versos olvidando que la vida es sólo prosa dolorida que va ahogando lo mejor y abriendo heridas, ¡Ay! la vida. Hoy me aterra este cansancio sin final, hice trizas mi sonrisa de cristal, cuando miro un barrilete me pregunto: ¿Aquél purrete dónde está?
Desde la mujer que soy, a veces me da por contemplar aquellas que pude haber sido; las mujeres primorosas, hacendosas, buenas esposas, dechado de virtudes, que deseara mi madre. No sé por qué la vida entera he pasado rebelándome contra ellas. Odio sus amenazas en mi cuerpo. La culpa que sus vidas impecables, por extraño maleficio, me inspiran. Reniego de sus buenos oficios; de los llantos a escondidas del esposo, del pudor de su desnudez bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo, me miran desde el interior de los espejos, levantan su dedo acusador y, a veces, cedo a sus miradas de reproche y quiero ganarme la aceptación universal, ser la "niña buena", la "mujer decente" la Gioconda irreprochable. Sacarme diez en conducta con el partido, el estado, las amistades, mi familia, mis hijos y todos los demás seres que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable entre lo que debió haber sido y lo que es, he librado numerosas batallas mortales, batallas a mordiscos de ellas contra mí -ellas habitando en mí queriendo ser yo misma- transgrediendo maternos mandamientos, desgarro adolorida y a trompicones a las mujeres internas que, desde la infancia, me retuercen los ojos porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños, porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable, que se enamora como alma en pena de causas justas, hombres hermosos, y palabras juguetonas. Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada, e hice el amor sobre escritorios -en horas de oficina- y rompí lazos inviolables y me atreví a gozar el cuerpo sano y sinuoso con que los genes de todos mis ancestros me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones. No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf. Pero en los pozos oscuros en que me hundo, cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos, siento las lágrimas pujando; veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo, blandiendo condenas contra mi felicidad. Impertérritas niñas buenas me circundan y danzan sus canciones infantiles contra mí contra esta mujer hecha y derecha, plena.
Esta mujer de pechos en pecho y caderas anchas que, por mi madre y contra ella, me gusta ser. (Gioconda Belli)
" ¡Qué feliz es la suerte de la vestal sin tacha! Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada. ¡Eterno resplandor de la mente inmaculada! Cada plegaria aceptada, cada deseo vencido." A. Pope
"Muchos hombres creen que soy un concepto, o que quizás les complemento, o que voy a darles vida. Sólo soy una mujer jodida que busca su propia paz de espíritu, no me asignes la tuya... "
"¿Por qué no me llevas a otro lugar? A un lugar al que yo no pertenezca y nos escondemos hasta mañana."
"No me cuentas nada, Joel. Yo soy un libro abierto... Te lo cuento t-o-d-o. Cada puñetera y vergonzosa cosa. No confías en mi. Hablar sin cesar no significa comunicarse. Yo no hago eso. Quiero conocerte. Mmmm... ¡No hablo sin cesar! Joder, las personas deben compartir cosas. Eso es tener intimidad. Me cabrea mucho que hayas dicho eso de mi. Lo siento, es solo que mi vida no es muy interesante. Quiero leer los diarios en los que siempre garabateas, ¿qué escribes en ellos si no tienes ni ideas, ni pasiones ni... amor?"
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