19.1.09

Centón


Gabo había tomado el tren para ir a vender libros a los pueblos de la costa, a la hora en que el sol salpica fuego. El vagón estaba vacío hasta que subieron una mujer vestida de negro y su hija pequeña, con el aire de quienes se han salvado de un linchamiento. No cambiaron palabra, pero se miraron como si se conocieran. Las mujeres se fueron a sentar lejos. El tren avanzaba con el ritmo parsimonioso de la siesta de la tarde. Por el vidrio de la ventanilla polvorienta, observó el lento andar de los carros cargados de banano. En un raro momento en que el tren había acelerado la marcha, alcanzó a ver a alguien que no parecía del lugar, navegando en una barca, por una selva inundada, como si estuviera buscando un paso perdido entre árboles idénticos y muy juntos. Después, la vegetación fue relevada por una geografía del yermo, en la que apenas pudo distinguir, por obra del encandilamiento, a dos hombres que caminaban en fila india, el primero, tratando inútilmente de dar un pajuelazo contra unos burros que iban mucho más adelante. Tratando de zafarse del sopor que, a veces, producen ciertas inmensidades, cerró los ojos y sintió el vértigo sufrido por una muchacha, con un paquete de yerba mate en las manos, sentada a horcajadas sobre un tablón que su marido y un amigo habían colocado a una altura considerable de la calle, para que le sirviera de puente entre dos ventanas opuestas. Cuando el tren llegó a destino, creyó concluir un viaje por un libro americano.


El autor:

Adam Gai es Licenciado en Letras de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Letras de la Universidad Hebrea de Jerusalem. Nació en Buenos Aires en 1941, vive en Israel, desde 1972. Algunos de sus relatos han sido publicados en los sitios de las revistas Axxon, Axolotl, Minatura, El Coloquio de los Perros, el Proyecto Sherezade y el blog Esperando a Godot.

3 comentarios:

Jorge Segoviano dijo...

como siempre .excelente leer las letras que tienes a bien compartir.

uns aludo enorme Silvia

abrazos transatlanticos

Joselu dijo...

Talita en medio del tablón que Traveller y Horacio Oliveira (creo) habían colocado. Una de las escenas de Rayuela más inequívocamente cortazarianas.

Diego dijo...

Es cierto, Joselu, es esa inolvidable escena de los finales de Rayuela. Un buen relato, gracias por compartirlo. Un abrazo.